Una Espeluznante Historia

Va el Gustado Cuento Semanal

*Cómo me transformé en Fantasma

*Hasta el Sueño se me ha Retirado

*Golpe me inmovilizó por completo

 

Desde que me convertí en fantasma no he podido dormir un minuto. La transformación vino después de varios sucesos muy extraños que me cuesta trabajo explicar al pie de la letra y que me llenan de escalofrío.

Todo el tiempo viví, en mi época de mortal, como el común de los seres humanos, hasta que un día no recuerdo de qué año, al dormir, sentí cómo me iba elevando hasta topar con el techo de mi recámara.

Mi cuerpo se hizo denso, seguí volando ahora en dirección de la puerta y al salir, perdí por completo el conocimiento.

Tras despertar, me di cuenta de que ya sólo era un dibujo gaseoso de hombre, un ser etéreo, me movía con facilidad, y no tenía ninguna dificultad para atravesar paredes y muros sin ningún dolor.

Antes de adoptar este cuerpo de vapor, que aun cuando es igual al que tuve en vida, sufrí una de las peores vivencias de que un mortal tenga imaginación.

Ni Allan Poe, ni Lovecraft, ni Stevenson, ni ninguno de los escritores más creativos de suspenso y terror me pudieron escribir la historia que yo pasé cuando apenas contaba con cuarenta y cuatro años.

Todos mis días eran una calca, eran la misma historia, con lo cotidiano pegado a mis entrañas: levantarme, bañarme, desayunar, ir al trabajo, ir a otro, llegar a casa, leer un poco y dormir, escuchar a mi esposa e hija relatar sus cotidianas vidas y así, hasta caer agotado víctima del tiempo.

Esto se repetía sin cesar día tras día hasta que una mañana, al salir de mi casa con poco entusiasmo de vivir, pero con la certeza de que lo que hiciera ayudaría a que mi existencia estuviera justificada, me sucedieron cosas que trataré de explicar ahora que ya no se me pueden poner los pelos de punta.

Abordé el camión como todos los días para dirigirme a mi sagrado trabajo, tras pagar los cinco pesos de cuota obligatoria y recibir el boleto, me senté cerca del chofer, es decir, en los asientos delanteros, porque siempre he tenido la idea de que así garantizo en caso de accidente, morir sin remedio en vez de quedar lisiado para toda la vida.

Repitiendo cada uno de mis actos, saqué mi pequeño libro de la bolsa del pantalón para iniciar la lectura que me hace más llevadero el tránsito a mi destino, ya que me sumerjo en mundos fantásticos de los que salgo sólo para bajar del camión al llegar a la parada en la que parece decir con un gran letrero en símbolos de neón “hasta aquí llega tu camino”.

Estaba leyendo emocionado una historia comprimida en un pequeño libro empastado en cartón y con letras doradas, cuando sentí una respiración entrecortada que me sacudió los pocos bellos que tengo en la nunca.

Sentí cómo se me erizaba la piel pero no me atrevía a voltear la vista, hasta que un golpe me inmovilizó por completo.

Sin que yo pudiera girar, se acercaron a mi rostro las fauces de un cocodrilo que castañeaba los dientes como anticipando el sabor dulce de un bocado.

Mi espanto fue atroz, y cuando quise incorporarme me di cuenta que estaba atado al asiento, pude girar mi cabeza para ver completo al cocodrilo que estaba sentado atrás de mí y me acercaba el hocico degeneradamente, echándome encima un aliento espantoso con olor a carne podrida.

Observé que todos los pasajeros que venían a bordo del camión habían adoptado figuras horripilantes, unos monstruos indescriptibles en que se habían convertido mis compañeros de un viaje, ignoraba en ese momento a dónde me llevaría.

Afuera las calles eran idénticas, el mismo aire entraba por las ventanas, los autos que se correteaban por la avenida, y los transeúntes que cruzaban la calle y caminaban en diferentes sentidos eran normales.

Una de las figuras fantásticas que abordaban el camión comenzó a lanzar llamaradas que encendían el ambiente.

El cocodrilo que seguía amenazante a mi lado me habló para decirme que el mundo se había transformado por completo.

Al mismo tiempo, todos los extraños seres comenzaron a hablar al mismo tiempo desatando un murmullo vulgar como ese que generan los estudiantes cuando en grupo se suben al camión, lanzando pequeñas bolitas de cristal que se pegan al techo del colectivo.

Miré que el chofer estaba convertido en una serpiente de la que salían dos largas tenazas que se aferraban al volante.

Mientras que el miedo me carcomía las entrañas, una figura con una enorme cabeza y varios brazos, fue repartiendo unas bebidas humeantes que nos pidió que bebiéramos a todos los extraños pasajeros.

Yo, que seguía manteniendo el cuerpo normal de un ser humano, de dos sorbos me bebí un líquido con sabor dulzón que me provocó tremendo ardor en el estómago.

El camión que seguía su camino dio vuelta a la altura del aeropuerto y se internó por el rumbo de la colonia Villas Las Flores y fue avanzando hasta llegar a un lugar que me pareció muy extraño.

Era un camino polvoriento lleno de miedo a los costados, con algunas casas en paupérrimas condiciones que amenazaban con caerse.

Llegó el móvil hasta topar con una alambrada que ponía fin al camino y daba entrada a una casa de campo que parecía abandonada.

La serpiente nos indicó que bajáramos de inmediato, lo cual hicimos todos y la seguimos como si nos llevara a la casa del pecado a comer de la manzana del conocimiento.

Entramos a una casa con telarañas repletas de esos bichos repugnantes pero al doble de su tamaño original.

Ahí salió a recibirnos una viejecita con cara de decencia, que nos indicó que la pócima estaba lista, que nos la serviría en cualquier momento.

Todos asintieron como si supieran en realidad que a eso habían ido a parar al tenebroso lugar, menos yo que desconocía lo que estaba sucediendo y seguía con la esperanza de que se tratara de una espantosa pesadilla.

La mujer que en todo parecía normal, sacó de la cocina un caldero que hervía aún, en donde depositó de cabeza a un gato negro que por ahí rondaba provocando un aullido sordo que se aderezo con una figura creada por el humo en forma de diablo que se fue elevando hasta deshacerse en el techo dejando una mancha escalofriante negra en la bóveda.

La dulce dama que distaba por su apariencia de ser una bruja, sacó un cucharón grande y siguió batiendo lo que llamó como una pócima, mientras que los monstruos esperaban silenciosos.

Después de unos minutos, trajo unas tazas en las que sirvió una pasta negruzca y espesa que tuvimos que beber todos a la vez.

El efecto de la pócima fue inmediato, todo se nubló y después de sentir que me retorcía no sin sentir un fuerte dolor, y sin poder ver a los extraños seres que me acompañaban en lo que hasta ese momento me parecía una pesadilla, volví a ver con claridad y con otra fuerte dosis de espanto, que las figuras pavorosas habían recuperado sus cuerpos normales, pero sólo que ahora eran densos como fantasmas.

Quise tocarme y me di cuenta que era todo de humo, que la viejecita nos había transformado a todos en auténticos espectros.

Mecánicamente salimos de la casa embrujada para abordar de nuevo el camión, el chofer, que ahora era de gas, lo mismo que todos, pidió que tomáramos nuestros lugares y regresamos por el mismo camino hasta llegar a la ruta normal.

Fuimos bajando uno a uno en nuestros respectivos destinos y yo, cuando entré a mi centro de trabajo, me percaté que había otro hombre en mi lugar, que al pasar saludando, nadie me contestaba como si fuera yo invisible.

Comprobé que podía pasar a través de los muros y sin esperar más, fui en busca de mi hogar para hablar con mi esposa e hija.

Pedía la parada a los camioneros que me ignoraban olímpicamente, así que tuve que esperar a que alguien más subiera para colarme sin ser visto.

Pensé que esto me daría grandes beneficios, así que sentí un gran regocijo hasta llegar a casa.

Toqué en varias ocasiones sin recibir respuesta, no obstante que escuchaba ruido dentro de la casa, y estaba a punto de desesperar cuando recordé que podría atravesar los muros, así que me interné a mi hogar sólo para llevarme la sorpresa más terrible de mi vida.

Ahí estaba mi hija y mi mujer con otro hombre, un sustituto que en mi ausencia de no sé cuánto tiempo, había tomado mi lugar.

Noté que mis familiares habían cambiado un poco, pero eran perfectamente reconocibles, anduve deambulando por la casa en donde encontré varias fotos mías, con tristeza fui recordando muchas vivencias, y con mayor desconsuelo entendí que había perdido todo.

Me lamenté por lo que no les di en vida a mis hijos y esposa y después de envidiar a quien parecía que los hacía felices, salí llevando mi melancolía a cuestas, esa que me ha acompañado por mucho tiempo, desde aquel día en que me convertí en un inmortal fantasma que no ha podido pegar los ojos quién sabe desde hace cuántos siglos y que arrastra como cadenas todas esas frustraciones por no haber hecho de mi vida, lo que hoy quisiera hacer en la muerte.

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