Don “Memo” Hernández, Al Infinito

*Murió Domingo Pasado

*Sus Grandes Momentos

*Y Dejó su Gran Legado

Por: SERGIO MARTÍN DEL CAMPO/Exclusivo: www.expresocharro.mx

Amigos aficionados al arte en el que se funden las baquetas, los ixtles y los metales, el domingo anterior, 10 de este mes que transcurre, inició su eterno y divino sueño Guillermo Hernández Morones, personaje de hierro que fue conocido en el Atlas de la charrería como “Memo”.

El hombre vio la luz primera del rey de los astros el 12 de junio de 1932 en el sabroso barrio de Mixcoac, aunque su progenitor, Luis Hernández Sepúlveda, era originario de Zamora, Michoacán.

Amante del balón pie, “Don Memo”, en sus mocedades, se desempeñó como jugador y durante un partido sufrió de una lesión que, en posteriores años, irónicamente no pudieron hacer los toros: fracturarle severamente la tibia y el peroné de la pierna izquierda.

Alentado por su padre debuta a los quince años charrerilmente jineteando toro y yegua en una asociación hoy desaparecida que tenía el título de “Charros del Tepeyac”. Fue ahí el yunque en que forjó su entidad charra.

La técnica de las suertes en que mejor se distinguió la adquirió, además de las experiencias propias, por medio de un par de “quijotes” formidables, Gilberto y Ricardo Zamudio.

Su nombre, en bloques posteriores de su trayectoria charra, se inscribió igualmente en otras dos asociaciones: “La Metropolitana” –de la que su padre fue fundador- y Charros de La Viga.

Para 1952 Don Memo sale por vez primera de lo que nos queda de país; fue a España en donde el público quedó pasmado con sus modos valientes y extraños de jinetear toros de todas las razas, incluidos los de lidia.

En su currículum están anotados otros países como EUA, Venezuela, Panamá, El Salvador y Cuba, isla exótica en donde selló orgullosamente el nombre charro de México por muchos años.

Hombre ordenado y curioso, fue llevando sus estadísticas en las cuales se observan hasta dos mil toros jineteados. De éstos, únicamente seis lograron quitárselo de sus devastadores dorsos.

Las vitrinas de su galería ahí están; adornadas en abundancia se encuentran con múltiples gallardetes. De los más importantes se subrayan: en jineteo de toro, segundo lugar en el Congreso de Tepic, Nayarit; segundo lugar en el Congreso de Tamaulipas y primer lugar en paso de la muerte en el Congreso de Tijuana.

Para 1971, quizás cansado del cuerpo, jamás del espíritu, decide despedirse de su bárbara profesión; y así lo hace, actuando en el Congreso de Ciudad Juárez.

Sus últimos años de existencia terrena los dedicó a dirigir el Museo de la Charrería, cuya sede es el antiguo Colegio de Montserrat en la esquina que forman las ramblas de Isabel la Católica e Izazaga, en la convulsa pero imponente y hermosa Ciudad de México.

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